29.5.08

Cualquier tiempo pasado fue mejor


“A la fuente donde los ciervos van a beber...”
El tiempo pasado fue mejor porque ya no existe, dijo antier Monsi en el homenaje que le rindieron por sus 70 años, evocando la elegía que nació para ser paráfrasis o, peor, presentación en Power Point con fotos de atardeceres y de nubes: las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique. Recordé, al leerlo, esa multicitada rola del siglo XV y pensé cómo, en el afán de suscribir o desmentir la afirmación, se le suele cercenar el “a nuestro parecer” previo y la fina observación perceptiva (los tiempos pasados nos parecen mejores) es transformada en un comprimido manifiesto conservador (los tiempos pasados fueron mejores), y ya luego todo mundo se suelta a recitar que “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”. Ahora que las releo, pienso que las Coplas no toman partido al respecto; simplemente lamentan, con una melancolía distante y lúcida, los efectos devastadores del paso del tiempo, incluidos los fallecimientos de seres queridos y de personajes notables, y critican los afanes de perdurar que al parecer son consustanciales a la especie humana: desde las pirámides de Egipto hasta el grafiteo de muros con marcadores (cómo no) permanentes, pasando por la obsesión de ejercer la Presidencia de la República incluso si no se tienen cualidades para ello, hay una aspiración universal de trascendencia que acaba resumiéndose en un “aquí estuvo Beto”. A fin de cuentas, no somos más que unos litros de agua con agregados de carbono, oxígeno, calcio, fósforo y grasa, pero el todo se organiza tan bien que se niega a aceptar su condición de estructura fugaz.
Un dato no muy conocido es que don Rodrigo Manrique, protagonista de las Coplas, tuvo una muerte mala onda. Pasó sus últimos años con el rostro desfigurado por un tumor maligno, y tal vez en eso pensaba el hijo cuando escribió:
Si fuese en nuestro poder
hacer la cara hermosa
corporal,
como podemos hacer
el alma tan gloriosa,
angelical,
¡qué diligencia tan viva
tuviéramos toda hora,
y tan presta,
en componer la cautiva,
dejándonos la señora
descompuesta! [...]
La hermosura,
la gentil frescura y tez
de la cara,
la color y la blancura,
cuando viene la vejez,
¿cuál se para?
Las mañas y ligereza
y la fuerza corporal
de juventud,
todo se torna graveza
cuando llega al arrabal
de senectud.
Si hubiese vivido en el siglo XXI, habría tenido a su disposición, si no procedimientos de detección temprana, tratamientos oncológicos avanzados y cirugía reconstructiva, sí al menos analgésicos para hacerle más llevadero el mal viaje. Por su parte, don Jorge habría podido recurrir a un tanatólogo que le aliviase el trauma de quedarse huérfano y tal vez no lo habría desfogado en la escritura de las celebérrimas (y poco leídas) coplas. Pero no tuvo eso ni penicilina ni derechos humanos ni música barroca ni luz eléctrica ni anteojos ni ahuyentadores de mosquitos ni pintura impresionista ni pay helado de limón. Aun así, todo tiempo pasado fue mejor, dicen.
Una cosa por otra: Manrique se salvó de pasar cuatro de los 39 años de su vida, de por sí corta, atorado en el tránsito, como nos ocurre a los habitantes más afortunados de la Ciudad de México. Y digo más afortunados porque fatigar automóviles, metrobuses y peseros durante dos horas diarias es todo un privilegio: muchos hay que consumen en el transporte público o privado tres, cuatro o más horas de su jornada, lo que hace 45 o 61 días al año. Tomo ese naufragio de la razón como ejemplo único de los horrores modernos porque, a menos que uno ande en helicóptero (y para eso hay que ser, como mínimo, dueño de TV Azteca) o poseer un manojo de gorilas que vayan abriendo paso, en el tránsito demencial, al igual que ante la muerte, “son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos”.
Tal vez lo lógico sería asociar a Manrique (1440-1479) con François Villon, su contemporáneo (1431?-1463?) y gemelo de melancolías (“¿Dónde están las nieves de antaño?”), pero más bien se me vino a la cabeza el incierto juglar lusitano Pero Meogo, que “parece haber florecido en el último tercio del siglo XIII, y tal vez alcanzado a pasar por los umbrales del XIV”, y quien pudo ser “un monje que, después de ahorcar los hábitos, profesó en las palacianas artes de juglaría”, según averiguó René Acuña (Las nueve cantigas de Pero Meogo, UNAM, 1977), no sin advertir que aquello tenía las trazas de “una especie de biografía apócrifa”. Como para confirmar la fugacidad de la vida que atormentaba a Manrique, del paso de Meogo por este mundo apenas ha quedado algo más que unas cantigas de amigo, equivalentes a las jarchas de la poesía hebrea y mora peninsular: poemitas en los que lleva la voz una muchacha que refiere sus amoríos.


Acuña se tomó el trabajo de pasar a Meogo no sólo al español contemporáneo, sino también a uno antiguo, equivalente al galaico-portugués, con el propósito de “traducir el sentido, reproducir los ritmos, y preservar el sabor arcaico de los textos”.
Retomo un viejo post de agosto del 2006. Cantiga II:
Maguer fermosa, sañuda estoy
con meu amigo, que me demandó
que lo fuesse a veer
a la font do los ciervos van a bever.
Non fago tuerto de me le assañar
por ser atrever él de me demandar
que lo fuesse a veer
a la font do los ciervos van a bever.
A fe que ne tien ya por sandya,
quando él no vien,mays envya

que lo vaya a veer
a la font do los ciervos van a bever.
O sea:
Aunque hermosa, enojada estoy
con mi amigo por haberme pedido
que lo vaya a ver
a la fuente donde los ciervos van a beber.
No le hago injuria al enojarme con él
por atreverse a pedirme
que le vaya a ver
a la fuente donde los ciervos van a beber.
A fe que me ha tomado por sandia,
cuando, en vez de venir, me manda recado
para que lo vaya yo a ver
a la fuente donde los ciervos van a beber.
Símbolos aparte, los tiempos han cambiado un poco. En la vida urbana contemporánea lo más parecido a una fuente no es ni siquiera una fuente de sodas (eso era en los años sesenta del siglo pasado) sino el Oxxo para comprar agua embotellada, y creo que ciervos no se encuentran ya ni en el zoológico. Con perdón de René, aquí no sólo hay que traducir el texto, sino también el contexto. Y me imagino que los lamentos y enfados de la muchacha portuguesa del siglo XIII, en labios de una mozuela defeña del XXI sonarían más o menos así:
Estaré muy buena, pero me encabrona
que ese monito, por quién me toma,
me pida que vaya a la esquina
donde los micros cargan gasolina.
¿Pues qué quería? ¿Llevársela leve?
No sé ni cómo se atreve
a pedirme que vaya a la esquina
donde los micros cargan gasolina.
De su mensa me quiere agarrar
cuando me escribe por el celular
que lo vaya a ver a la esquina
donde los micros cargan gasolina.

27.5.08

Marulanda


Algunos ahora cincuentones, o casi, hemos estado escuchado cosas de las FARC y de Marulanda desde que éramos niños. Cosas violentas, casi siempre: combates, muertos, secuestros, explosiones, heridos, capturas, ambulancias, policía; desaparecidos, ajusticiados, torturados, encarcelados, exilio. De cuando en cuando, tentativas de paz que terminan en masacres, en tanques que suben, disparando, las escaleras de mármol de un venerable edificio constitucional, partidos políticos diezmados, cacerías humanas sin término. Los gobernantes en turno, encorbatados y serenos, han venido ofreciendo, desde entonces, paz, empleo, prosperidad y justicia. La violencia política en Colombia y en América Latina ha sido objeto de ensayos, novelas, obras de teatro, canciones, exposiciones, coloquios y ciclos de conferencias, y se ha exagerado o minimizado a conveniencia las posibilidades de los grupos guerrilleros.

Algunas cosas han cambiado, sobre todo en el discurso. Hace un par de décadas los combatientes buscaban construir, armas en mano, un orden social nuevo. Hoy tal vez suene demasiado ambicioso y audaz resistir el latrocinio como forma de gobierno y el traslado de todo lo público –incluida el agua— a lo privado. Los gobernantes, a su vez, han cambiado la caracterización de los subversivos. Ya no son agentes al servicio de Moscú, sino narcotraficantes y terroristas. Ya no pretenden imponer el comunismo ateo sino lucrar con el dinero de la droga y de los secuestros. Desde la lógica dominante, todos son empresarios, aunque algunos sean menos legales que otros. De paso, se disimula el fondo real del problema.

Lo que no cambia es la violencia y sus efectos en la gente. Sigue habiendo bajas de personas no involucradas –la mayoría—, desamparo total ante el fuego cruzado, exposición a la brutalidad en todas sus formas y desplazados, sólo que ahora más numerosos, porque las poblaciones han crecido y las antiguas selvas vírgenes se han ido colonizando.


El guerrillero, en 1964


Pasaron de moda los golpes de Estado, los pronunciamientos y los tanques que escalaban con sus orugas las escaleras del Congreso. Los comicios se llevan a cabo religiosamente en las fechas indicadas, las ceremonias cívicas tienen lugar a troche y moche en el momento preciso del calendario y la letra de la ley, especialmente la chiquita, se ejecuta con determinación para que nadie diga que aquí (o allá, o acullá) no hay democracia.

Marulanda está muerto, pero permanece la violencia política en Colombia y en otras porciones nacionales de este hemisferio. En lo sucesivo, es de dudar que algún otro dirigente guerrillero viva tantos años, y acaso los niños de hoy no alcancen a aprenderse sus nombres. Fue un hombre empecinado, dirán algunos, al recordar los casi cincuenta años que anduvo en los balazos. Otros pensaremos que los gobernantes han sido un tanto indolentes y descuidados y que medio siglo habría debido ser un lapso suficiente para que se les ocurriera algún remedio efectivo contra la violencia. Pero, en lo básico, las propuestas de ahora siguen siendo las mismas que se aplicaban en los tiempos de la carrera espacial y de los Beatles: matar, encarcelar, secuestrar, torturar, arrasar la tierra, sacar al pez del agua. Marulanda se ha muerto de viejo, al parecer, y es improbable que su caso se repita. Pero en el fondo, y eso lo sabe todo mundo, las cosas no han cambiado, y así no vamos a llegar a nada.

Retrato de Manuel Marulanda, Tirofijo (1999)
Fernando Botero
Óleo sobre lienzo, Colección Banco de la República, Bogotá

20.5.08

Quemar al prójimo



Ocurrió en Reiger Park, una barriada pobre de Johannesburgo, Sudáfrica, el domingo pasado, y ayer todos los diarios reprodujeron el testimonio gráfico: un hombre envuelto en llamas gatea entre escombros humeantes mientras algunos agentes de la policía aletean, tratando de acercársele, para apagar el fuego con mantas y extintores. De las fotos puede deducirse que el individuo fue amarrado a un promontorio de palos, rociado de gasolina e incendiado, y que su cruz improvisada se desvencijó por efecto de las llamas. Es posible que el individuo sea un ciudadano de Zimbabwe de esos que buscaron refugio ante la violencia que azota a su país en la nación vecina, y a los que muchos sudafricanos miserables culpan de su propio desempleo y de la criminalidad creciente. Resultado: 14 muertos y un número incierto de lesionados y humillados, entre ellos, el hombre de la foto (La Jornada, 19/05/08).

El “collar de fuego” era un suplicio casi siempre mortal, consistente en embutir a un humano en una llanta vieja, bañarlo en combustible y encenderlo. No está claro si el invento es haitiano –tecnología Tonton-Macoute— y llegó a la Sudáfrica racista en los años setenta del siglo pasado, o si fue al revés, pero en ambos países se usaba. Quemar viva a la gente, sin necesidad de llanta, es uno de los hábitos milenarios y en diversas épocas y circunstancias ha tenido certificado de corrección política: los protestantes vs. las brujas o los habitantes enardecidos de una localidad mexicana vs. un maleante real o presunto; y en no pocos momentos ha tenido rango de política de Estado: la Inquisición vs. los herejes, Washington vs. los civiles vietnamitas bañados en napalm y fósforo ardiente. No nos ha bastado toda la historia para agotar las sustancias inflamables ni para saciar el hambre de prójimos asados.

No hay que hacerse ilusiones: esto de achicharrar extranjeros no es asunto exclusivo de barriadas tercermundistas –suponiendo que las sudafricanas lo sean— sino también un deporte que se intenta hoy en día en la Unión Europea. La semana pasada estuvo a punto de ocurrir en el barrio de Ponticelli, Nápoles, Italia, en donde una turba de italianos pobres, azuzados por la propaganda xenófoba de Silvio Berlusconi y posiblemente organizados por la mafia, que en su versión napolitana recibe el nombre de Camorra, atacó e incendió con cocteles molotov un campamento de gitanos aun más pobres: un millar de refugiados que se vieron obligados a huir por enésima vez. En esa ocasión consiguieron escapar vivos, pero sus pertenencias mínimas quedaron reducidas a cenizas. El rumor que dio origen a la chamusquina fue, por supuesto, que una joven gitana había intentado robarse a un bebé. Eso dijeron las cadenas televisivas, que son casi todas propiedad de Berlusconi. En el imaginario de Europa los gitanos llevan demasiados siglos como ladrones de niños y todavía no escarmientan.

Lo cierto es que el Plan de Recuperación Urbana de Ponticelli otorga subsidios a empresas constructoras –algunas de ellas, vinculadas a la Camorra— a condición de que empiecen los trabajos antes del 4 de agosto; precisamente, en los terrenos que ocupan los gitanos. El ministro de Defensa, Ignazio La Russa, advirtió el domingo que el tiempo de los campamentos gitanos ha llegado a su fin: “Habrá muchos pequeños campos de 10 personas para controlarlas bien”. “Fuera los campamentos gitanos”, corean en silencio los carteles con los que el Partido Democrático (de la coalición gobernante) ha inundado Nápoles (El País, 18/05/08).

Arde la rabia, arden los jugos gástricos y seguimos trasladando esos fuegos internos a la piel del prójimo.

15.5.08

Duro con los que viajan

Africanos detenidos en las puertas de Europa

  • Janaina
  • Marta Silvana
  • Yoani

Janaina Agostinho, brasileña, 27 años, viajó a España a mediados de marzo para visitar a su novio y pasear por Madrid, Granada y Almería. Llegó al aeropuerto de Barajas con su pasaporte en regla, 500 euros en efectivo, seguro de viaje, boleto de regreso y reservaciones de hotel pagadas para 21 días. La policía consideró que la mujer no reunía “el requisito de presentar los documentos que justifiquen el objeto y las condiciones de la estancia prevista que la legislación vigente exige para que pueda autorizársele la entrada” y la mantuvo presa durante seis días en una sala de la terminal aérea. El plazo máximo para esa clase de detenciones es de 72 horas, pero los gendarmes decretaron que la sudamericana debía ser deportada de vuelta a su país a bordo de un avión de la misma línea aérea en la que hizo el viaje de ida, Air Comet, que vuela sólo una vez a la semana. Más tarde, el Ministerio del Interior argumentó que el problema era que Janaina no llevaba una “carta de invitación” que debe extender ante la policía un ciudadano español.

En la página web del Ministerio del Interior de España, Alfredo Pérez Rubalcaba, titular del despacho, sonríe con cara de buena persona. Realizo una consulta de rutina al sitio para comprobar los requisitos de internación y encuentro un listado de países de origen. Veo de pasada un “Méjico” de ortografía franquista y compruebo que los brasileños “pueden entrar en España sin visado, con alguno de los documentos mencionados”, es decir, “pasaporte ordinario, en vigor”, o bien “pasaporte diplomático, oficial o de servicio, en vigor”. En el sitio del Ministerio de Turismo, en el apartado “qué documentación necesita para viajar a España”, se afirma que los ciudadanos de Brasil (en ese otro listado México está bien escrito) “necesitan presentar el pasaporte en vigor, que les permitirá permanecer en España por un periodo máximo de 90 días”. Punto. No es fácil encontrar en ninguna de esas páginas el requisito que no cumplió Janaina Agostinho, la “invitación de un particular”. Pero, después de mucho hurgar, encontré, en la letra chiquita del Ministerio del Interior, que “para los viajes de carácter turístico o privado”, y “sin perjuicio de cualquier otro medio de prueba o comprobación que puedan realizar los funcionarios responsables del control para justificar o establecer la verosimilitud de los motivos de entrada invocados, podrá exigirse, en concreto, uno o varios de los documentos siguientes”: “documento justificativo del establecimiento de hospedaje, confirmación de la reserva de un viaje organizado, billete de vuelta o de circuito turístico e invitación de un particular”. Toda una emboscada.

Hace cosa de un año, los medios dieron cuenta de otra historia de pesadilla vivida en Barajas por una turista mexicana. Otra ciudadana brasileña corrió con mejor suerte que Janaina. Marta Silvana D.S.R. reside en Alcalá de Henares, con su hija de 25 años, también estudiante, y estaba por culminar un doctorado en la Complutense. Como se encontraba en calidad de turista, su pasaporte estaba a punto de caducar y la convalidación de su diploma se demoraba, el 22 de abril viajó a Brasil con la intención de obtener un nuevo documento y de tramitar una visa de estudiante de la representación española allá. Le negaron esa calidad migratoria, de modo que el 3 de mayo volvió a España en calidad de turista para recoger su constancia de estudios. Al llegar a Barajas fue detenida. Al tercer día de cautiverio, la extranjera presentó un recurso de habeas corpus ante el juez José Santiago Torres, quien decretó su liberación inmediata y estableció, además, que en la “sala de inadmitidos” del aeropuerto castellano “no existe la más mínima constancia de que reúna los requisitos necesarios de estar dotada de servicios sociales, jurídicos, culturales y sanitarios para la adecuada permanencia”. La académica reportó que, durante su detención, fue sujeta a un trato humillante por sus captores, quienes le decían: “¿De qué te quejas? En tu país la gente se muere de hambre, y aquí tú tienes comida”.

Según Turismo, en el primer trimestre de este año el gasto total de los extranjeros en España creció 8.9 por ciento, para totalizar 3 mil 684 millones de euros. Tal vez si las autoridades no tuvieran esa cifra en mente serían más frecuentes los atropellos policiales contra los viajeros documentados procedentes de Latinoamérica. Todavía hay clases, y las cosas son mucho peores para los africanos que llegan sin papeles, y a bordo de balsas, a las costas españolas. La semana pasada Pérez Rubalcaba, sin esperar la aprobación de una directiva europea para la repatriación de esos migrantes, anunció que el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aumentaría hasta seis meses, “ampliables a 18 en casos excepcionales”, el cautiverio a indocumentados, que hasta entonces tenían un máximo de 40 días. El funcionario tuvo la cara dura suficiente para afirmar que “en España nadie va a perder derechos”, ni siquiera el de sufrir “retención” o “internamiento”, como le llaman a la cárcel en estos casos. La organización SOS Racismo advirtió que la medida “permite ampliar la privación de la libertad de personas que no han cometido ningún delito”.

Las cosas siempre pueden ser peores. En Italia el Silvio Berlusconi, de vuelta en el poder, pretendía criminalizar por decreto la migración indocumentada y suspender temporalmente la aplicación del Tratado de Schengen a fin de expulsar del territorio italiano a miles de gitanos europeos. Para tal fin, el mamarracho mafioso que ejerce de primer ministro ha ordenado a sus colaboradores el levantamiento de un mapa nacional de los campamentos romaníes, a fin de proceder a una deportación en masa. En México el Congreso de la Unión hizo lo contrario que Berlusconi y dejó en mera falta administrativa el ingreso sin papeles a territorio nacional, pero algunos dudan que la medida se traduzca, en la práctica, en una atenuación del trato atroz a los migrantes centro y sudamericanos. La semana pasada, en Oaxaca, la directora del Instituto Nacional de Migración (INM), Cecilia Romero, no tuvo más remedio que escuchar al salvadoreño Pedro Alberto Funes Tovar, capturado por agentes de esa dependencia, quien le espetó: “¿Es necesario que nos golpeen para hacernos sentir que somos basura en este país? ¿Es necesario que nos persigan a palos y tiros? Yo creo que tenemos dignidad y no merecemos ese trato, porque lo único que hacemos es buscar un trabajo honrado en Estados Unidos”.

A principios de abril, el madrileño El País otorgó sendos premios Ortega y Gasset de Periodismo a nuestra compañera Sanjuana Martínez, a la revista mexicana Zeta, al fotoperiodista Gervasio Sánchez y a la filóloga cubana Yoani Sánchez, por su blog Generación Y, una página de reflexiones frescas, cotidianas, serenas y disidentes, que ha sumado millones de visitas de todo el mundo. A lo largo de un mes, Yoani estuvo haciendo gestiones para que las autoridades de su país le permitieran viajar a Madrid a la ceremonia de entrega de los galardones, que se realizó el 7 de mayo. El viernes 2 posteó: “La autorización para volar mañana sábado 3 de mayo –día de la libertad de prensa- está “detenida” por una misteriosa Jefatura de Inmigración y Extranjería que no me da explicaciones. Para esa poderosa institución sigo siendo un lactante al que no se le dice que le van a poner una inyección.” El permiso no llegó nunca y Yoani hubo de asistir por teléfono, y desde La Habana, a la entrega de su premio.

El régimen de Raúl Castro no le concedió a la bloguera la ignominiosa autorización que requieren los ciudadanos cubanos para salir de su país, y nunca sabremos si el régimen de José Luis Rodríguez Zapatero le hubiese permitido a Yoani salir del aeropuerto de Barajas para recoger su premio. Entre los opresores de La Habana y los racistas de Madrid, estamos jodidos.


La bloguera

13.5.08

La fuerza del Estado



Los altos mandos del adversario suelen ser objetivos codiciados en las guerras. Al eliminarlos se consigue paralizar, así sea de manera temporal, a sectores enteros del aparato enemigo, desmoralizarlo y desarticular en alguna medida sus cadenas de mando. Algo han de saber sobre estos asuntos las organizaciones del narcotráfico, que en días recientes han volcado parte de sus esfuerzos en el asesinato de jefes policiales federales, estatales y municipales. Para tal clase de operaciones no basta con el poder de fuego en bruto. Es necesario, además, disponer de redes de infiltración e inteligencia adentro de las propias corporaciones para conocer los movimientos y las debilidades de las víctimas. El pistolero que asesinó hace unos días a Eusebio Millán, segundo o tercero en la estructura de la Policía Federal Preventiva (PFP), se introdujo en el domicilio del funcionario sin forzar la cerradura y lo esperó adentro para matarlo, y cabe sospechar que los datos sobre horarios, movimientos y residencia no le fueron proporcionados por el Espíritu Santo. En el caso del subdirector de la policía municipal de Paraíso, Tabasco, Saturnino Domínguez Jiménez, quien fue herido en un atentado a principios de abril, hay 23 elementos de la corporación sujetos a formal prisión por su posible implicación en el ataque. No son, claro, los únicos casos.

El efecto de los ataques a jefes policiales será necesariamente devastador, no sólo porque altera severamente el funcionamiento de los cuerpos policiales sino porque introduce en ellos una desmoralización generalizada. Habrá, en las corporaciones de seguridad pública, mandos heroicos, pero de seguro ninguno tan tonto como para no darse cuenta de la inutilidad del heroísmo cuando se desconoce para qué bando juegan los subordinados, los iguales, los superiores y hasta los superiores de los superiores, es decir, los que diseñan estrategias antidelictivas tan absurdas –al menos, en apariencia—, que resulta difícil creer que fueron diseñadas de buena fe. Para participar en una contienda como la lanzada por el calderonato no se puede estar tan desamparado. La fábula del policía bueno contra el mundo sólo funciona en los guiones de Hollywood.

No es ese el único problema. Hasta donde se sabe, hasta ahora las Fuerzas Armadas no han sido infiltradas por el narco sino en forma episódica y aislada, como cuando reclutó al general Jesús Gutiérrez Rebollo, quien tuvo fama de duro y de incorruptible hasta que se supo que trabajaba para el Cártel de Juárez. De todos modos, el Instituto Nacional para el Combate a las Drogas (INCD), la desaparecida dependencia que dirigía Gutiérrez Rebollo, pertenecía al ámbito civil, y no militar. Pero ahora se empieza a ver que las instituciones castrenses sufren una suerte de infiltración diferida, es decir, entrenan, sin saberlo, a los futuros sicarios del narcotráfico. Más de 107 mil efectivos desertaron de las Fuerzas Armadas durante el desgobierno pasado –más de la mitad del total, que es de 194 mil, vale decir—, y el fenómeno sigue a un ritmo de 49 deserciones diarias durante el actual. Sólo el año pasado ocurrió la defección de 17 mil 758 elementos de tropa, 119 oficiales y 8 jefes. Cabe suponer que no todos los que desertan se unen a cuerpos armados como los Zetas, los cuales, por lo demás, tal vez no necesiten a tanta gente: sabrá Dios cómo serán sus sistemas de reclutamiento de personal, y algún rigor pondrán en ellos. Pero el país tampoco necesita a 125 mil prófugos de la justicia adiestrados en el manejo de las armas, básico o avanzado, como es el caso de los gafes fugados, ni de unas instituciones castrenses que operen, en los hechos, aunque en forma involuntaria, como alma mater de los sicarios. Y eso, si no es que los desertores son en realidad parte de un proceso de paramilitarización con vistas a la represión política, como lo deslizó ayer el EPR en un comunicado.

Sea como fuere, el prianismo gobernante no sólo dilapida el dinero público sino también la fuerza del Estado. Lo bueno es que, aun en esas condiciones, sigue soñando –o pretendiendo que nos toma el pelo— con ganarle la guerra a la delincuencia.

7.5.08

El hombre del destino manifiesto

La Plaza Mayor de Granada, reconstruida y libre

  • William Walker: abogado, médico, periodista y filibustero
  • Fuerzas militares de EU sufren las primeras derrotas de la historia
A los 24 años de edad, William Walker, nacido en 1824 en Nashville, Tennessee, ya era abogado, médico y periodista. En los doce años siguientes habría de convertirse, además, en gambusino, filibustero, en presidente de Nicaragua y en un cadáver lleno de agujeros, tirado frente a un paredón de fusilamiento en el remoto puerto atlántico de Trujillo, Honduras. A los 14, egresó con summa cum laude de la Universidad de Nashville, estudió en las de Edinburgo y Heidelberg, en Alemania, estudió medicina en Filadelfia, Leyes en Nueva Orleáns, y en esa ciudad de Luisiana se estableció brevemente como copropietario y editor del New Orleans Crescent. Movido por la fiebre del oro, se mudó poco después a San Francisco, en donde concibió la idea de conquistar vasta regiones de América Latina para establecer en ellas un gobierno anglosajón y esclavista. Su primer plan fue declarar una república independiente en Sonora y Sinaloa, para lo cual intentó establecer una colonia en el primero de esos estados, pero el gobierno mexicano le negó la autorización requerida. En la segunda mitad de 1853, Walker empezó los preparativos para apoderarse de Baja California: emitió bonos para financiar la invasión a tierras mexicanas, y entre titulares de diarios californianos que daban cuenta de la conspiración, el filibustero, al mando de 45 soldados de fortuna, embarcó en una embarcación llamada Caroline, que era propiedad del cónsul estadunidense en Guaymas, y el 3 de noviembre capturó al comandante militar de La Paz y desde allí proclamó un nuevo país que incluía a Baja California y a Sonora. La población, enardecida, atacó a los invasores y los obligó a huir. Walker logró hacerse fuerte en Ensenada, en donde recibió un destacamento de 150 mercenarios como refuerzo, y pasó allí las navidades. En febrero del año siguiente convocó a una “junta general” de delegados del territorio que pretendía controlar, pero éstos se negaron a reconocer la nueva república. En marzo, el filibustero abandonó la plaza y emprendió una penosa retirada hacia la frontera estadunidense, hostigado por el militar mexicano Antonio Meléndez. En mayo, y acompañado por sólo 33 de los 200 efectivos que había llegado a tener, alcanzó el territorio de su país y se entregó al ejército de Estados Unidos. Las autoridades gringas lo sometieron a un simulacro de juicio por haber violado la ley de neutralidad. Ocho minutos se tardó el jurado en declararlo inocente. Nueve años antes, el también periodista John L. O’Sullivan había acuñado la expresión “destino manifiesto” para designar los afanes expansionistas de las antiguas colonias inglesas, y las aventuras filibusteras como la emprendida por Walker contra México generaban enormes simpatías en la sociedad blanca estadunidense.


Placa conmemorativa de un domicilio de Walker, en Nashville

Poco tiempo estuvo Walker inactivo después de su primer fracaso. A unos meses de su retorno, el jefe liberal nicaragüense Francisco Castellón, que acababa de ser derrotado en unas elecciones y que intentaba revertir por las armas lo que los votos le negaron, le pidió al coronel Byron Cole ayuda en la guerra que libraba contra los conservadores. Cole contactó a Walker y éste, ni lento ni perezoso, organizó una nueva expedición, llamada “Falange Americana”, que zarpó de San Francisco en mayo de 1855 con 57 hombres, y en la que participaron el explorador Charles Wilkins Webber y el aventurero inglés Frederick Henningsen. A fines de junio, en alianza con los liberales locales, derrotó a las fuerzas conservadoras en La Virgen, y para julio, ya nombrado “coronel del ejército democrático”, y amparado en la ventaja tecnológica de sus fusiles de repetición Minié y de los revólveres Colt, cayó sobre Granada, bastión histórico de los conservadores, a varios de los cuales fusiló, se repartió el poder real con Ponciano del Corral, nombró a un presidente pelele y se autoproclamó jefe del Ejército de Nicaragua. Ese gobierno espurio recibió el inmediato reconocimiento diplomático de Washington y de Londres, y Walker decidió que ya era tiempo de ejercer la presidencia nicaragüense sin ayuda de intermediarios. Las traiciones mutuas entre el filibustero y los inversionistas mafiosos de Estados Unidos que habían respaldado su expedición llevaron a Walker a recomponer sus alianzas. Desde la presidencia usurpada, el invasor buscó el apoyo de los potentados esclavistas del sur y en consideración a ellos revocó, en el territorio bajo su control, el edicto de emancipación de 1824 que había abolido la esclavitud en Centroamérica e implantó el inglés como idioma oficial de Nicaragua. Para entonces, Walker ya hacía planes para conquistar el resto del istmo, y tales planes habían llegado al conocimiento del presidente costarricense, Juan Rafael Mora Porras, quien ya había roto relaciones con el régimen anglosajón del filibustero.

La silueta de Juan Santamaría, en su natal Alajuela


A comienzos de marzo de 1856, el ejército de Costa Rica, con dos mil 500 hombres, se puso en marcha hacia el noroeste. Derrotó a los mercenarios en Santa Rosa, aún en territorio tico, y luego en Rivas, Nicaragua, en donde, según tradiciones órales no exentas de sospecha, el soldado alajuelense Juan Santamaría, a costa de su vida, prendió fuego al cuartel general de los gringos, quienes se retiraron en gran desorden. Fue la primera batalla perdida por una fuerza militar estadunidense. Mientras los filibusteros se dedicaban al saqueo y al pillaje en las zonas bajo su control, los gobiernos de Guatemala y El Salvador decidieron secundar al costarricense y enviaron tropas al norte de Nicaragua para combatir al régimen de Walker y para reforzar a la resistencia local. En septiembre, ésta, cuyos efectivos debían enfrentar con flechas, machetes, piedras y unos cuantos fusiles de chispa a invasores dotados de armamento moderno, les propinó una severa derrota en San Jacinto. Byron Cole, quien comandaba a los filibusteros, se extravió en la huída y apareció dos días después en la localidad de San Ildefonso, en donde fue descubierto por un peón que lo mató de dos machetazos en la cabeza. A partir de entonces, Walker cosechó derrota tras derrota hasta que se vio obligado a retirarse de Granada. Antes de hacerlo, ordenó a sus hombres que incendiaran la ciudad y luego mandó poner, en la Plaza Mayor, un letrero que decía: “Here was Granada”. Ni la barbarie creciente de los invasores ni las campañas de apoyo que les organizaron los esclavistas del sur fueron suficientes para detener la debacle. El primero de mayo de 1857 Walker se entregó a la Armada de su país, la cual lo repatrió y lo depositó en Nueva York, en donde se le deparó un recibimiento de héroe.

De vuelta en Nueva Orleáns, el filibustero, otorgándose el grado de general, redactó algunas notas que resumían su experiencia, y no tardó en organizar una nueva incursión contra Nicaragua. En noviembre de 1857 desembarcó en San Juan del Norte, en donde fue rápidamente derrotado. Como ya se le había hecho costumbre, Walker fue a refugiarse con los chicos de la US Navy, quienes lo llevaron de vuelta a Luisiana en calidad de detenido. Tras ser nuevamente procesado y nuevamente absuelto entre el entusiasmo del público, emprendió su último intento. A mediados de 1860 se dirigió a la costa norte de Honduras, en donde fue apresado por la Armada Real inglesa. Para entonces, a Londres le parecía más atractivo un ambiente de paz en Centroamérica, en donde pudieran realizarse sin contratiempos proyectos de comunicación transoceánica, que los sobresaltos causados por las incursiones filibusteras, así que decidió entregar a su cautivo al gobierno de Honduras. A los 36 años de edad, el 12 de septiembre de 1860, William Walker fue pasado por las armas y enterrado en el Cementerio Viejo de Trujillo.

Here is Walker

6.5.08

Las aficiones de Emilio



Emilio, diligente y laborioso,
no duerme, no descansa, no se airea:
está tan dedicado a su tarea
que no encuentra un momento de reposo.
¿Y cuál es la razón tan extenuante
que le agobia la vida al gobernante?
Dejemos el misterio: pues ocurre
que se ocupa de lunes a domingo
y los días feriados, sin distingo,
en chingar a su madre, y no se aburre,
y en semejante ocupación porfía
de sol a sol, y suda todo el día.
No tiene quién le ayude, ni suplencia,
y al tomarse el trabajo tan a pecho,
ahora el pobre Emilio está deshecho,
exhibe claros signos de demencia
y lleva su pasión por el incesto
al manejo oficial del presupuesto.
Tras muchos años de ese esfuerzo diario,
González Márquez, cínico y cristero,
dio por tomar montones de dinero,
sacado, por supuesto, del erario.
Y sin control alguno por el fisco,
se lo regala al clero de Jalisco.
El chingador de madre mete bulla
a quienes le critican la indecencia,
se encabrita, le gana la impaciencia
y les dice que chinguen a la suya.
Él cree que es consejo y que es regalo,
pues no mira en tal acto nada malo.
Al contrario: de copas ahogado,
demanda absolución a su conciencia:
“¿Es verdad, pinche Juan... digo... Eminencia,
que chingar a mi madre no es pecado?
Oiga usted, cardenal... oiga, compadre...
pues vamos a chingar a nuestra madre.”
El clérigo se calla y no contesta
la amable invitación; más bien prefiere
guardar bajo perfil, y no interfiere
con el buen desarrollo de la fiesta,
pero eso sí: veloz, guarda la lana
en un pliegue interior de la sotana.
Ya noventa millones se ha gastado
Emilio –pues no es suya la chequera—
haciendo una básilica cristera
en memoria perpetua de un puñado
de líderes armados santurrones
que fueron, más que santos, muy cabrones.
Viendo al gobernador tan engreído,
el pueblo, con respeto, le propone:
“Si su progenitora no se opone,
chínguela usted a fondo y más seguido;
chínguela con fervor, chínguela a diario
mientras recita el Credo y el Rosario.”
“No sea barbaján: bríndele flores
en la sala de casa, previo ensayo,
llévesela al motel el 10 de mayo
para dar libre curso a sus amores
y, con un juguetón doble sentido,
dígale ‘mamacita’ en el oído.”
“Intenten, don Emilio, posiciones,
que darle gusto al cuerpo no es delito:
prueben de misionero y ‘de perrito’,
ensayen con juguetes y condones
y, aunque su confesor no se lo apruebe,
deléitense con un sesenta y nueve.
Señor gobernador: saque la casta;
impóngase con fuerza a sus rivales,
exhiba sus instintos animales,
reclame posesión de su Yocasta
y dígale a su padre: ‘¡Oiga, culero,
bájese de ái, que yo la vi primero!’

“Ya que se encuentra usted entusiasmado,
chínguela con prestancia y energía,
mañana tras mañana, noche y día,
que es asunto entre ustedes, y privado;
sígala usted chingando con esmero
pero ya no nos chingue más dinero.”


5.5.08

Delincuencias

El Chupacabras y su discípulo

“La hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud”, dice el adagio, y ahí tienen a un Salinas reciclado en crítico del neoliberalismo y a un Calderón que ahora –vaya que no tiene idea de lo que es el ridículo— pretende compararse con los patriotas que derrotaron a los invasores franceses el 5 de mayo de 1862. El robo será tan antiguo como la propiedad –o bien la propiedad es el primer hurto de la historia, como quería Proudhon—, pero ningún atraco a mano armada ha dejado marcas tan desastrosas para el país como los robos de la Presidencia, perpetrados por De la Madrid y Salinas en julio de 1988, y por Fox y Calderón 18 años más tarde. En ambos casos, los delincuentes necesitaban la jefatura del Estado como vehículo para cometer después despojos de mayor calibre, justo a la manera en que los rateros de monta menor roban vehículos para usarlos en asaltos posteriores. El salinato fue, en esencia, un saqueo sistemático y programado de la propiedad pública –cuantiosa, por aquel entonces—, cuyo botín mayor fue el sistema bancario nacional. Fue Salinas quien puso las instituciones bancarias en manos de quienes las vaciaron y quebraron, y fue Salinas quien puso en la puerta de entrada de Los Pinos a Zedillo, el hombre que habría de transferir al conjunto de los mexicanos 56 mil millones de dólares de las deudas privadas creadas por los empresarios favoritos del salinismo, en una legalización de la inmundicia que tuvo entre sus operadores principales a Felipe Calderón Hinojosa.

El negocio irremediable del narcotráfico –irremediable en tanto las leyes que prohíben ciertas drogas le garanticen oportunidades de negocio— empezó a “empoderarse” con De la Madrid, quien fue pionero en eso de adelgazar al Estado; prosiguió viento en popa durante el salinato; abrió mercados locales en tiempos de Zedillo; vivió una época de esplendor bajo Fox y ahora, con Calderón puesto en la Presidencia, se revela como uno de los tres sectores más prósperos de la economía, junto con el negocio nacional de exportar mano de obra y la industria petrolera, sobrevolada ahora por los zopilotes de una privatización tan hipócrita como turbia. Con la pena, Felipe, pero tu “guerra contra el narcotráfico” es del todo inverosímil; entre otras razones, porque si realmente se pretendiera poner un alto al auge de ese negocio, habría que empezar por limpiar los sectores de la administración pública federal que colaboran masivamente con él –corporaciones policiales, aduanas, delegaciones diversas—, y no por ensangrentar el territorio nacional a lo tonto con combates como esos que en el cine se ven bien padres, pero que en la vida real de México llevan muchas bajas de carne y hueso. Además, lo reconozcan o no ustedes, los que han desgobernado este país en los últimos 20 años, una parte muy sustancial de los billones de dólares del valor agregado de la droga que transita por el territorio nacional se ha ido, desde entonces, en pagos subrepticios a funcionarios nombrados y protegidos por ustedes mismos, y saben bien que los chicos del narco son muy puntuales en eso de pagar unos derechos de tránsito que, a diferencia de lo recaudado por la vía fiscal, se van completitos, y sin riesgo de auditorías, a las cuentas personales de sabrá Dios cuántos servidores públicos.

Los contratos de Hildebrando y de Mouriño son una forma genial de restaurar la decencia perdida; la pretensión de dotar a los agentes policiales con la potestad discrecional de allanar domicilios era una manera brillante de combatir la inseguridad ciudadana, y lástima que no fue comprendida en el Congreso; el intento de entregar la refinación y el transporte de petróleo a las empresas extranjeras no es privatización, sino patriotismo en bruto, y etcétera: ante la extremada ineptitud argumental de su sucesor indirecto e imitador en el robo de presidencias, Salinas, quien en sus tiempos tenía cuando menos la virtud de hechizar con embustes a grandes sectores de la opinión pública, siente que, ahora sí, ha llegado el momento de su regreso. Por fortuna, retornará a un destino que ya no existe, porque ahora buena parte de la población tiene clara la identidad de los delincuentes más peligrosos.

Escalofrío

Qué onda con las poses de este güey:




No puedo evitar la tentación de las semejanzas, sobre todo porque el otro también empezó por adueñarse del aparato.

1.5.08

Lorenz, Señor del Caos


Representación tridimensional de las ecuaciones del caos

  • Sotavento y Barlovento
  • Para la rodilla de Adriana

Es tiempo de volver a temas náuticos. El domingo 25 de abril de 2004 esta columna empezó con una pregunta: ¿A cuál, de entre todas las deidades marinas, se invoca en el momento de zarpar? El mundo ha recorrido desde entonces cuatro círculos en su trayecto casi inalterable y no ha sido su rotación, danza de derviche cósmico, la causante de los ventarrones numerosos y a veces trágicos que han pasado sobre nuestras cabezas desde entonces. Los vientos globales son producidos en primer lugar por el desplazamiento del aire entre zonas de alta y de baja presión, pero en los acercamientos a la escala local –un continente, una cuenca, tu barrio— aparecen, además, soplos que nacen de contrastes entre el mar y la tierra firme o entre el valle y la montaña, o de factores innumerables y pequeños como los chillidos primigenios de los bebés, los primeros suspiros de los enamorados, los últimos de los agonizantes o el aleteo de las mariposas. Así lo postuló Edward Norton Lorenz, matemático y meteorólogo recientemente fallecido, señor del Caos, quien empeñó muchos días y noches en el desarrollo de un sistema dinámico, determinístico, tridimensional y no lineal (quien le entienda, haga la caridad de explicármelo) para entender fenómenos atmosféricos que escapan de lo predecible. Es posible que las gráficas con las que se representa ese modelo, llamado Atractor de Lorenz, hayan llevado a la mente del sabio la idea del lepidóptero, aunque otras fuentes postulan que en realidad el meteorólogo se inspiró en un cuento de Ray Bradbury, El sonido del trueno, en el que unos viajeros del tiempo pisan inadvertidamente una mariposa y, cuando regresan a su época, se encuentran con un mundo que, a causa de esa pequeña alteración, tomó un rumbo evolutivo distinto y que, a ojos de ellos, se encuentra severamente alterado.

Así quedó el entendimiento del que navega, de por sí precario, cuando trató de descifrar las ecuaciones correspondientes a ese modelo, los números de Prandtl (relación entre viscosidad y conductividad térmica de un fluido) y Rayleigh (cuantificación de la transmisión de calor en una capa de fluido con producción interna de calor por radiación), el conjunto de Julia, el polvo de Cantor (del que derivan la alfombra de Sierpinski y la esponja de Menger), el mapa Hènon, el teorema de Poincaré-Bendixson, la herradura de Smale y el exponente de Lyapunov. La profanidad de mi mirada (“que carece de conocimientos y autoridad en una materia”, dice la tercera acepción de profano en el mamotreto de la RAE) logra, sin embargo, ver en los postulados de Lorenz y en la jerigonza que los acompaña un mérito fundamental: haber alcanzado uno de esos momentos luminosos en que la ciencia y la poesía se toman de la mano y se dicen cosas al oído.


El sabio


Volvamos a los vientos, que su clasificación es cosa útil para la gente marinera. Se llaman catabáticos los que descienden de los grandes promontorios a los valles, y anabáticos aquellos que trepan desde las regiones bajas hacia las altas a medida que el sol calienta el relieve. Y así como muchos hogares tienen una mascota entrañable, numerosas regiones y micro regiones del mundo poseen sus vientos singulares, con personalidad y nombre propio: Alisios, Cierzo, Galerna, Mediodía, Gregal, Lebeche, Pevante, Poniente, Mistral, Siroco, Simún, Solano, Tramontana, Ábrego, Xaloc, Pampero, Zonda, Kóshkil, Sudestada, Cudo, Norte, Xocomil. Impresionante, este último, cuando baja a las cinco de la tarde por las faldas del volcán Atitlán y convierte al lago del mismo nombre, hasta esa hora plácido como una sartén de aceite frío, en un mar furibundo y peligroso.

Todo esto comenzó porque usé en algún lado el topónimo Sotavento para referirme a las costas bajas del Golfo de México y me vino la duda de lo que significa esa hermosa palabra derivada del latín subtus, debajo, y ventus, viento. Hallé que quiere decir “la parte opuesta a aquella de donde viene el viento, con respecto a un punto o lugar determinado”, o sea que es incluso más abstracta que este y oeste, norte y sur, arriba y abajo, babor y estribor, por más que, al igual que su contrario, barlovento, haya tomado cuerpo como nombre de muchos sitios: las islas de Sotavento son, en el archipiélago de Cabo Verde, un grupo formado por Maio, Santiago, Fobo y Brava; frente a las costas de Venezuela hay otro manojo de ínsulas sotaventinas que forman parte de las Pequeñas Antillas: Aruba, Curazao, Bonaire, Las Aves, Los Roques, La Orchila, La Tortuga, Coche, Cubagua y la célebre Margarita, “una isla / perla del Caribe Mar / Margarita se merece /una corona imperial”; también reclaman el nombre colectivo algunas de la Polinesia francesa y, desde luego, la llanura veracruzana, que vive en eterna resistencia ante el viento Norte. Dice el son tradicional:

Los barcos están parados
porque no les sopla el viento
y por eso no han entrado
barquitos a Sotavento.

Y Nicolás Guillén replica:

Cuelga colgada,
cuelga en el viento
la gorda Luna
de Barlovento.

Cada Sotavento tiene su Barlovento, de los que hay también muchos: un ayuntamiento español de Santa Cruz de Tenerife, al norte de La Palma, la infinita llanura que se extiende por los municipios mirandeños de Acevedo, Andrés Bello, Brión, Buroz, Páez y Pedro Gual, en Venezuela, las islas Santo Antão, São Vicente, Santa Luzia, São Nicolau, Sal y Boa Vista, en Cabo Verde, y todas las antillas que no son sotaventinas, es decir, un montón. José Luis García Grimaldo y Vázquez y Rodríguez del Monte de Santa Ana y Lobos, a quien sus vecinos tenemos el honor de llamar El Bolas, me hizo caer en la cuenta que también en tierras chiapanecas existe una región a la que se le llama El Barlovento, pero no me queda claro si trata de lo que queda frontero con Campeche, o si es por el rumbo de Motozintla, o qué. Lo que sí pude averiguar es que existió en tierras de Centroamérica, en tiempos coloniales, un impuesto, primo de la alcabala, al que se daba ese nombre.

En su doble advocación de música y de odontóloga, Adriana imprime en los rostros el signo universal de la felicidad, que es la sonrisa. Esta semana me llegaron la noticia mala de que se lastimó severamente una rodilla y la buena nueva de que su curación lleva el rumbo de barlovento, es decir, va con viento favorable.

Adriana Cao Romero,
sotaventina esplendente:
me enteré de tu accidente
y en esta décima quiero
darte el abrazo sincero
de toda la concurrencia,
pues en tu convalecencia
permaneció el arpa muda
y hoy la gente te saluda
con síndrome de abstinencia.


Gráfica de la ecuación-mariposa